Los inversores han empezado a entonar el llamado: ‘Tonto el último’. La inundación de bonos que hay en la actualidad, junto a las previsiones de que los tipos rebasarán (a no mucho tardar) los niveles negativos históricos actuales han deformado los mercados financieros, de tal manera que existe una verdadera fiebre entre los inversores por adquirir y vender los instrumentos de deuda pública, que para más inri apenas pagan (si lo hacen y no cobran, que ya es lo más normal) por su dinero. Una espiral que recuerda mucho a otros muchos bucles que consistían en comprar un activo esperando venderlo a otro (tonto) por un valor más alto, y que tiene un nombre: burbuja.

La definición de burbuja económica, que existen infinitas pese a que vienen a decir lo mismo, explica que es un proceso que se caracteriza por una subida anormal, incontrolada y prolongada del precio de un activo, de forma que se aleja cada vez más del valor real o intrínseco del producto. Ese efecto de precio disparado de un activo que se ha alejado de su precio real se puede ver fácilmente cuando se comprueba que la rentabilidad que ofrece un bono de deuda público austriaco a 100 años (el que lo compra sabe que en su vida no va a recuperar el dinero), como activo (su precio en el mercado), es más alto que el del cualquier empresa o índice.

En concreto, se trata del bono (con ticket AT0000A1XML2) emitido en 2017, que vence en el 2117, con un cupón fijo del 2,1% anual que se ha revalorizado en los últimos 12 meses un 62%, mientras que otras empresas conocidas como Amazon o Apple o índices como el propio Ibex 35, el EuroStoxx 50 o el Nasdaq no aguantan ni en positivo. Incluso grandes firmas que lo están haciendo realmente bien en el último año aguantan la comparación, por ejemplo, Ferrari sube un 31% y en el caso de Facebook la fuerte en 2019, que está por debajo del bono austríaco, se ha ayudado en el rebote por su mal 2018 y en el acumulado apenas se revaloriza un 3%.

Poder y guerra: el gran contratista militar de EEUU multiplica por 500 su valor

Pocas industrias han sido más rentables a la hora de invertir, también de dedicarse a la misma, que la bélica. La creación...

Una vez encontrada, y se podría decir demostrada (aunque quien lo sabe realmente) una de las condiciones para saber si el mercado de bonos es realmente una burbuja o no, es estudiar el segundo componente restrictivo. La definición de burbuja incluye un elemento más que el que un precio de un activo esté desorbitado, y es que dicho efecto debe ser causado por lo que se llama especulación, el problema actual para analistas y expertos es discernir si los movimientos actuales están relacionados con dicho término o se pueden englobar como inversiones.

Para el padre de la inversión, Benjamin Graham, en su obra ‘El inversor inteligente‘ se hace la misma pregunta y responde que una inversión será aquella operación que: “tras un análisis exhaustivo, promete seguridad para el principal y un adecuado rendimiento”, mientras que la “las operaciones que no satisfacen estos requisitos son especulativas”. Hasta el momento, invertir en deuda pública, más si cabe de países con un alto rating (Austria está muy cerca del máximo), se ha considerado una inversión porque promete seguridad y el rendimiento es aceptable, dado que un cupón del 2,1% es alto dados los tipos negativos, por lo que en principio sería una gran inversión.

El problema aparece más adelante, con los tipos negativos por un lado y con el especio temporal por el otro. La inversión en un activo que genera rendimientos negativos, existen 15 billones de dólares en bonos negativos, no puede cumplir nunca con el requisito que Graham hablaba sobre rentabilidad, por lo que es más especulación. Al igual ocurre con un espacio temporal tan largo, ya que las posibilidades a 100 años no pueden entrar en un cálculo financiero por mucho que se quiera. Ello lleva a que se pueda hablar en la actualidad de especulación en el mercado de bonos, puesto que los inversores que los compran solo piensan en vendérselos a otros a un precio mayor, de tal manera que nadie considera realmente la idea de quedárselo y recibir menos dinero por él del que ha pagado (quedarse con el florero, se conoce coloquialmente). Ese tipo de razonamientos es el mismo que se tenía con las hipotecas subprime, las viviendas en España o los bulbos de tulipán, por lo que (a pesar de los intentos de los Bancos Centrales) el desenlace antes o después será el mismo.