Brexit

Esa es la disyuntiva en la que se encuentra Theresa May, cuya carta dirigida a la UE solicita una prórroga hasta el 30 de junio, pero que también establece una cláusula que permitiría volver a retrasar la salida hasta los dos años.

Esto es lo que no gusta a la UE, que no tiene la intención de aprobar dicho documento dado que según las últimas conversaciones muestran que no hay un plan claro sobre cómo proceder ni estableces los puntos de actuación que justifiquen la cláusula de ampliación. Consideran que el tiempo no es la solución, sino el método, el objetivo y la estrategia a implantar. Si no, ¿para qué sirve la extensión del plazo?

Estiman que el documento debe contener el objetivo y la estrategia, y que este debe venir ya redactado desde el Parlamento Británico, por lo que no aceptarán un retraso sólo porque sí.

Han formulado varias cuestiones para que se esclarezca el motivo de la ampliación del plazo entre las que se pueden indicar las siguientes:

“¿Esta ampliación incrementará las posibilidades de que se apruebe el acuerdo de salida?”

“¿El Reino Unido pide la extensión porque necesita más tiempo para reelaborar su declaración política?”

“¿Cuál será el propósito y el resultado de una extensión, y cómo podemos garantizar que al final de una posible extensión no nos encontremos de nuevo en la misma situación que hoy?”

Si no hay una respuesta clara, justificada y fundamentada a estas preguntas no hay ninguna razón por la que se deba ampliar el plazo. De hecho la UE sólo permitirá una extensión y solamente una, o corta, o larga.

Esto acentúa la crisis constitucional de Reino Unido, que ya se plantea recurrir a la mismísima Reina Isabel II para que disuelva el Parlamento y se vuelva a componer con políticos más favorables a aprobar el acuerdo inicialmente planteado.

Darío García, analista de XTB