Pues no, no conocí a Miguel Blesa. Y pido disculpas por ello, porque debo ser el único, al menos eso deduzco tras leer decenas de artículos estos días que hablan de él como si lo conocieran de toda la vida. Pues bien, yo me reafirmo. Jamás lo vi, y con franqueza, no seguí con especial interés su trayectoria. Por ese motivo, más allá de lo que leo (mucho de lo cual pongo en cuarentena), no tengo opinión formada.

Pese a no conocerle en persona, me ha impactado mucho la historia. Y por su historia me refiero más a su final que a su carrera profesional. El suicidio, como concepto, me impresiona, y por defecto siempre creo que hay un error, que puede tratarse de un accidente.

Me cuesta mucho entender que alguien se quite la vida.

Y parece que eso sucede con cierta frecuencia. De hecho, mucha frecuencia, porque en estos últimos días ha ocurrido al menos en dos ocasiones y ambas relacionadas con el mundo de la caza. La muerte de Miguel Blesa con su escopeta y la muerte de la conocida bloguera de la revista Jara y Sedal, Melania Capitán. No, tampoco la conocía. Eso me hace especial, atendiendo a la prensa y las redes sociales, debo ser el único español que no conocía a ninguno de los dos, ni tiene una opinión clara sobre ninguno de ellos. En las redes sociales, como en la radio y la televisión, sobra mucha gente que tiene una opinión sobre todas las cosas. Sí, de esos que hablan de la pesca con mosca y un minuto después tienen una opinión igualmente estructurada sobre energía termonuclear por fusión de plasma. Jamás dicen, con un atisbo de humildad, “lo siento, de eso no entiendo”. Hay mucho charlatán, siempre lo ha habido y el doscerismo no ha empeorado esa situación. Es sólo que se les ve más, pero charlatanes ha habido siempre. Lo que sí ha empeorado es que ahora además de charlatanes se ve sin pudor a los gilipollas.

Y eso es así porque hace 20 o 30 años el ser imbécil no estaba primado. Si había un tonto en la familia, se le escondía, y eso hacía que no tuvieran apenas protagonismo en el único amplificador que existía entonces; los medios de comunicación. Hoy al imbécil de la familia se le anima hasta exponerlo en un reality en Telecinco. No ayuda que las redes sociales hacen que cualquiera tenga altavoz. Para lo bueno y para lo malo. Y aunque te sigan en Twitter, Instagram o Facebook sólo tus dos o tres amigos, si eres muy pero que muy gilipollas, y además te esfuerzas, se amplifica. Eso es un problema porque aparecen como setas un puñado de tontos a las tres con ganas de un minuto de gloria. Como no está penado ser un completo imbécil, y encima siempre hay otro tonto cerca que te ríe la gracia, se genera un concurso de subnormales que siempre acaba en tablas.

Esta primado ser imbécil. Hoy al imbécil de la familia se le anima a demostrarlo hasta llegar a exponerlo en un reality en Telecinco

La solución, como en tantas otras cosas, está en los clásicos, que nunca fallan. Quevedo no necesitó esperar a internet, el pobre conocía a los españoles y ya lo veía venir: “Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen”. Amén.

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Dos tristes fallecimientos, que cualquier persona de bien lamenta, y mucho imbécil celebrándolo, haciendo gracietas, o aprovechando para alegrarse con supuestas razones (políticas y económicas en el caso de Blesa, y con el mal uso de la defensa de los animales como pretexto, en el caso de Mel Capitán)

No soy cazador, ni me gusta la caza. Pero la respeto, como respeto tantas otras cosas que no me gustan. Alegrarse de la muerte de una chica de menos de 30 años porque era cazadora, me animaría a ser cazador, aunque sólo fuera para meterle algún perdigonazo por el culo a alguno de estos retrasados mentales:

“Melania Capitán” ahí es donde debes de estar psicopata, con todos los animalitos con los que disfrutaste asesinándolos
— LAWLIET (@CHASEACHECK6) 21 de julio de 2017 (este valiente, todo un poeta, ha quitado el tuit)

En el caso de Miguel Blesa, además de los tontos habituales, me ha llamado la atención como algunos pesebristas que vivieron de los favores de Caja Madrid, hoy tienen lagunas de memoria. Es fácil hoy poner verde la figura caída de alguien que años antes, como si fueran insignificantes palomas de un parque, les echaba migajas de pan mientras ellos revoloteaban con alegría. Por ello hay que agradecer que una persona autorizada, como Carlos Salas, maestro de periodistas, lo explique en la forma que lo ha hecho que es gráfica y crítica con esta profesión, en la que con frecuencia, los estómagos calientes ven alterado su juicio. Y casi más feo si cabe, el tiempo acaba por hacer olvidar quién calentaba esos estómagos.

Un detalle más sobre el triste episodio de Blesa. Al saltar la noticia, y con sus primeros detalles yo no pensé en un suicidio, sino en un triste accidente. No seré yo quien dude de la autopsia (¡faltaría más!), ni que alimente la teoría de la conspiración. Pero si copiaré una reflexión, que ya rondaba mi cabeza estos últimos días, pero que leí en Linkedin mucho mejor estructurada de la mano del criminólogo, Josep Jové Padró y que reproduzco a continuación:

Soy un humilde criminólogo que se hace las siguientes preguntas……
1º.- Ustedes madrugarían para suicidarse ???
2º.- Cuando a una persona que va a morir se le ofrece la última comida para que la disfrute…. es lógico dejarse el desayuno a medias???
3º.- Cuando uno se levanta para practicar su mayor afición e ir a una montería, te pegas un tiro antes de ir a disfrutar de tu última montería???
4º.- Alguien que se quiere suicidar se pega un tiro al lado del coche, en vez de hacerlo a puerta cerrada, en la intimidad de una habitación. O en la soledad del puesto de caza???
5º.- Porque no se dispara en la cabeza, lo cual es mucho más fácil y más certero con una bala de rifle y lo hace en el pecho, teniendo en cuenta que para suicidarse dándose un tiro en el pecho además hay que descalzarse para utilizar el pulgar del pie para apretar el gatillo.
6º.- Como con una condena de seis años, y dos ingresos en prisión, seguía teniendo armas y dos licencias, una D y otra E.

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