El adiós de Manu Ginóbili: Ciao, vieja

“Cuando volví a agarrar la pelota ya no pasó lo mismo de siempre”. “Gracias, vieja”, dijo en su día Alfredo Di Stefano, dando a la pelota su valor merecido. “Derecha, izquierda, arriba..”. Éste es el mantra de los entrenadores que enseñan el fundamento básico del baloncesto a los niños: la entrada a canasta. Un “alto flaquito” que responde a Manu entra a canasta, pero inventa un imposible. Luego lo llamarán “Euro step”. Pero en medio pasaron muchas cosas con este jugador mítico de San Antonio Spurs y la selección, Manu Ginóbili. Pasó que este verano se fue de vacaciones a Canadá con la familia, volvió y decidió que era la hora de la irse. La cabeza ya estaba fuera.

Ya puede decir que jugó “hasta que tuve ganas”. Cáustico, inteligente, reconoce que “alargué un poco esto del baloncesto”. Manu Ginóbili, nacido en Bahía Blanca (Argentina), campeón olímpico, con cuatro anillos de la NBA y una Euroliga, entre otros entorchados, deja el baloncesto a los 41 años.

El baloncesto profesional estadounidense es un verdadero maná de estadísticas y cifras. A veces tan mareante, que la parte puede con el todo y la cifra domina el sentido, el conocimiento del juego. Ginóbili ha superado muchas cifras, récords, partidos jugados, asistencias, puntos, rebotes, recuperaciones, pero si en algo este genio argentino ha destacado es en su comprensión del juego.

El baloncesto profesional estadounidense es un verdadero maná de estadísticas y cifras

“Derecha, izquierda, ¡arriba!”. Entrada a canasta por la derecha. Los fundamentos del baloncesto, bote, pase, tiro; bloqueo, puerta atrás, posición defensiva; flotar, defensa tres cuartos, zona, tapón. Algo hizo muy bien argentina hace cosa de 30 años, cuando nació de sus canchas de baloncesto un puñado de chavales de físico sobresaliente y conceptos y fundamentos extraordinarios. E inteligentes, que es la llave del baloncesto. Entre ellos estaba el “alto flaquito”, Manu Ginóbili, motor de la selección argentina en su increíble carrera de éxitos, y también faro de los San Antonio Spurs en 16 temporadas de la NBA. Y así nació una genialidad, una intuición, una solución inteligente a un problema: el “Euro step”.

El “Euro step” está considerado una de las jugadas ofensivas más geniales después de inventos como la puerta atrás o el reverso. Innovaciones solo al alcance de cerebros privilegiados. Hablamos de Manu Ginóbili.

Para sobrevivir en la NBA hacen falta enormes condiciones. Casi más que para llegar a ella. En este escolta argentino las facultades físicas sobresalen a un primer vistazo. Altura suficiente para su puesto, fibroso, atlético, explosivo. Y resistente, para aguantar la considerable paliza de la ruleta partidos-viajes-partidos-golpes-partidos-viajes. A todo esto ha sobrevivido Manu Ginóbili estando siempre en primera línea, sosteniendo una mejor racha de la franquicia de San Antonio en sus 23 años de profesional.

Los 1,98 de estatura de Ginóbili pueden parecer más que sobrados para la posición clásica de un “dos”, un escolta. Pero la supervivencia en las cercanías de los aros de la NBA es dura. La calidad atlética de los jugadores es superlativa, kilos, centímetros y potencia, inmensas envergaduras con los mejores atletas del baloncesto mundial ávidos de rebañar un rebote, apuntarse un tapón, mandar al “flaco” al tercer anfiteatro.

En esa selva nació el “Euro Step”, cuyo componente “Euro” es poco claro. Se trata del clásico “derecha, izquierda”, que aprenden los críos en los patios de los colegios, en las canchas municipales de todo el mundo, el primer concepto del baloncesto, pero modificado por Ginóbili en una suerte de amagues, fintas y cambios de dirección.

En esa selva nació el “Euro Step”, cuyo componente “Euro” es poco claro

La jugada es ya un clásico de “los mejores momentos” de la NBA. O de los partidos de los Spurs. Ginóbili maneja el balón, hace una penetración hacia el aro y en los pasos permitidos antes de depositar el balón en el aro, hace un sortilegio de cambios de direcciones y fintas que hacen dar manotazos en el aire a los gigantes. Canasta de Ginóbili.

Para hacer esta jugada, ya catalogada oficialmente como creación del escolta argentino, seguramente más intuitiva que pensada, hace falta condiciones físicas, habilidad y, sobre todo, articulaciones de titanio, por la aceleraciones y deceleraciones y cambios de inercias que requiere el cuerpo para penetrar hasta el aro.

Ginóbili no es de los que se han cegado con el fulgor de la NBA. En la grandeza de su despedida, reconoce que el paso por Italia, jugar los torneos europeos, lo forjó como jugador de baloncesto profesional. Solo él y el exsenador Bill Bradley tienen un curioso y meritorio récord: campeones olímpicos, de la NBA y la Copa de Europa. En Bolonia tuvieron un inmenso ojo fichando a este argentino alto y fibroso: lograron un triplete en la temporada que estuvo con ellos, con toda la retahíla de MVP que acompañaron su deslumbrante paso por Europa.

En la NBA ha vivido algo que es muy complicado de ver en Europa. Han sido 16 años en el mismo equipo, con el mismo entrenador, Gregg Poppovich, “Pop”, un verdadero zorro plateado de la NBA. La complicidad, la familiaridad, la transmisión de pensamientos desde el banquillo a la cancha, han sido parte del éxito de ambos en la franquicia, cuatro anillos juntos, uno más que logró “Pop” antes de la llegada de Manu.

El escolta de los Spurs llegó a la NBA tras un deslumbrante mundial en el que Argentina fue plata, tras EEUU. Desde ese momento se subió a un carrusel que habría sido mortífero para el común de los mortales. Fue encadenando temporadas de la NBA (con sus devastadores playoffs) con convocatorias de la selección argentina. Así año tras año, acumulando fatiga, tensión, golpes, torceduras, músculos sobrecargados, bloqueos, canastas, rebotes, faltas, entradas inverosímiles… Nunca en un equipo perdedor, lo que ha hecho la exigencia máxima.

Este año los playoff de la NBA fueron cortos para los Spurs. Los Warriors de Curry los avasallaron sin contemplaciones. Magullado, con sus 41 años a la espalda, Ginobili se despidió con normalidad de sus compañeros y del equipo técnico de la franquicia. No había compartido con nadie su secreto, un secreto que vivía en la cabeza, hermética. “Para mi era siempre el último año”: el último partido en Boston, en Los Ángeles, el último playoff… La cabeza empezaba a estar fuera.

Ginóbili y su esposa Many agarraron a la prole y se hicieron un viaje de naturaleza por la Columbia Británica de Canadá. Lagos, bosques, caminatas, animales salvajes, oxígeno, manteniendo las canchas y los aviones privados, las limusinas, “a mil millones de jodidos kilómetros”.

La cabeza fuera, el cuerpo aún dentro. Ginóbili se incorporó a los trabajos físicos de pretemporada con los jóvenes de los Spurs. Él ya era profesional antes de que naciera alguno de sus compañeros. Nada extraordinario, por otra parte. Según explica él mismo, “agarré las pesas”, “vi a los jóvenes entrenar y romperse el lomo para estar bien en la temporada. A mi, en cambio, me dolían aún los golpes de la temporada anterior”. La cabeza estaba fuera, el cuerpo dijo basta.

Si difícil es llegar, peor mantenerse, para muchos irse es un rompecabezas. Ginóbili se va por la puerta grande, sin arrastrarse por las canchas. Ya no es titular y, como él mismo reconoce, logró “jugar estos tres últimos años como si lo hiciera con unos amigos”. Con la sensación “de que ya lo di todo, sin la presión de ser el responsable” de lo que pasara en la cancha.

Ginóbili, tras una sesión de pesas agarró la pelota y “ya no pasó lo mismo de siempre”. Un buen epitafio, al estilo Di Stefano hubiera sido decir, “ciao, vieja”. Él solo dijo: “Jugué hasta que tuve ganas”.

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